domingo, 22 de enero de 2012

Una noche en plena adolescencia.

Salir, beber, fumar y hablar con la gente. Bailar y perrear con algún tío cañón. Desfasarte con tus amigas. Pedir una canción y volverse loca encima de la tarima. No darse cuenta de que el tiempo pasa. Ir de pub en pub y escuchar la misma canción en todos los sitios, y aún así, seguir bailándola. Conocer a alguien, liarte con ese alguien. Hacerte fotos, lamentables, pero que en ese momento les ves la gracia. Romperte las medias. Mancharte el vestido y los zapatos. Que te duelan los pies de los tacones y quitártelos. Rayarte creyendo que has perdido el móvil y encontrarlo en el bolso, al alcance de la vista. Abrir la cartera y preguntarte donde está el dinero, aún sabiendo que ya te lo has gastado en chupitos. Acordarte de las copas que te has bebido y pensar un "yo no he sido capaz". Que se te acerque un tío feo y decirle "Next!". Seguir bailando cómo si la vida te fuese en ello. Perder a tus amigas, y encontrarlas. Hablar con gente que ni recuerdas el nombre. Ir a baños dignos de una pensión de mala muerte. Volver a casa, con suerte sin vomitar y sin hacer ruido para que tus padres no se enteren de la hora a la que llegas. Meterte en la cama. Pasar calor, tener sed; resaca. Levantarte con un martillo neumático en la cabeza. Intentar recordar, tener lagunas y que siempre haya gente que te lo recuerde. Estar en esa frontera que separa el sábado del domingo.

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Si de una cosa estoy segura, es de que lo importante de la vida es tener alguien a quién amar, algo en lo que pensar, personas con las que reír y llorar; pero sobretodo, nos necesitamos a nosotros mismos.